El barrio del Once tiene la extraña particularidad de ser el lugar de la Argentina y quizá del mundo con mayor cantidad de cucarachas por habitante.
Fue en ese barrio, en la época en la que dos comunidades claramente distintas se disputaban los espacios (la criolla y la judía) donde nacieron Juan Palacios y Mauricio Rosembaun.
Juan vivía en un conventillo derruido. Compartía cuarenta metros cuadrados con sus padres, sus abuelos y cuatro hermanos.
Él no lo sabía pero cuando se achican las distancias se desdibujan las fronteras, todo se vuelve miserablemente comunitario. Sin remedio, Juan se fue diluyendo. Primero se disolvieron los berrinches, luego los “yo quiero” y por último el “nosotros” le firmó la sentencia al “yo”.
En un remolino de días y noches confusas ya no distinguió entre sus juguetes y nuestros sueños, mi ración y tus deyecciones, los orificios y los deseos.
Depositado en el sillón raído, de espaldas a los incidentes cotidianos se abismó dentro de la pantalla de un televisor desvencijado en blanco y negro. Seis o siete horas diarias tratando de sintonizar algún canal.
Reflejados en el vidrio sucio del aparato veía desfilar broncas, miseria, hambre, malos tratos, brillo de cuchillos y sinsentidos de alcohol.
Nadie lo inició en la comprensión del mundo caótico de los adultos. Mundo al que se resistió a ingresar sólo y como no tuvo quien lo acompañe, se quedó fuera.
Se pensó como un niño indefenso acuclillado en la oscuridad, tras las rejas de una celda pequeña sin poder salir. De alguna forma, seguro; tampoco nadie podía entrar y descubrirlo.
Mauricio fue cumpliendo fielmente todos los mandatos. Cuando el vello le ensombreció las mejillas comenzó a ayudar en la tienda de su padre. Aprendió el oficio. Sabía que allí se ganaría la vida, formaría una familia y con suerte tendría algunos momentos de felicidad.
Y la ecuación hubiera sido perfecta de no ser por el agobio que fue madurando con el devenir anestesiado de los días.
Tenía dinero suficiente para no pasar apremios pero no para darse la gran vida. Buscó su redención en el azar. Aprendió a la fuerza que la mano que sostiene al dado es insensible. Siempre lo expulsa hacia su indudable destino. Por eso a pesar de su tesón la vida no cambió.
Juan Palacios fue creciendo como un niño.
Para no extinguirse y desaparecer imaginó que él era la causa de ese caos, al que de alguna forma animaba. Se sintió culpable. Quiso remediarlo, limpiarlo, que todo se vuelva claro y sencillo. Lo único que pudo ofrecer fue barrer. Barría la casa una y otra vez hasta gastar las escobas.
Fue así como descalzo las pisó por primera vez.
Oyó el sonido de la hojarasca reseca en otoño. Percibió el olor de una humedad primaria, de vientre, de vulva. Sintió ganas de morder, de abrazar y sobre todo de eyacular. Tenía trece años. Se le inscribió en cada centímetro de su piel y sobre todo en sus genitales que esta no sería la última cucaracha que aplastaría.
Para asegurarse de que siempre las tuviera a mano les construyo un jardín oculto en una pecera abandonada entre los escombros del fondo. Comenzó su criadero con dos o tres que atrapó en la grasa impregnada en las paredes de la cocina. Con el tiempo fueron plaga. Una marea oscura en constante ebullición. De tanto en tanto tomaba algunas para su deleite.
Juan y Mauricio se reconocieron sumergidos en las copas de vino. Manoteando los bordes para no ahogarse. Palpitando el galope que los saque de la miseria. Se encontraron en la esperanza de cada largada y la decepción de las pizarras ausentes de sus apostados. Se sintieron unidos como dos adultos-niños desconsolados que ingresaron por la puerta de atrás a la escuela de la vida.
Juan quiso por primera vez compartir sus tesoros. Ofició cada paso del ritual: lo llevó hasta el fondo.
Le mostró su jardín secreto y lo abrió. Las cucarachas recobraron la libertad y lo cubrieron todo con sus cuerpos oscuros, incluso a ellos.
Por primera vez se sintieron en contacto, gozosos, parte de algo. Ellas le dieron identidad, tendieron el puente que los abismó a esta unidad confusa.
En el patio trasero de un mundo incomprensible no quedó una sola mancha de claridad como en una sublime epifanía.
viernes 30 de octubre de 2009
miércoles 21 de octubre de 2009
Impresiones de una escena.
Es un parroquiano eterno, sentado a la mesa de un bar de almas tras migrantes.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
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domingo 11 de octubre de 2009
Pacha
La sala del castillo oprime al caballero. Su armadura asfixiada quiere salir. Abre la puerta y vuelve a ingresar a la misma sala.
Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
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Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
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sábado 10 de octubre de 2009
Mal Debut
No sos un asesino, si ni te gusta cazar pajaritos. Ella te llevó, te llevó al túnel y no se veía nada.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
jueves 1 de octubre de 2009
Nunca mas Gordo
Cada mañana me veo al espejo. El espejo pertenece a un sistema de objetos perpetrados para sumirnos en la ilusión. Nos acercan a la forma en igual medida que nos alejan de la esencia, de aquello que realmente somos. Si es que alguien tiene alguna remota idea de lo que somos.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
jueves 24 de septiembre de 2009
El Estadio
El sistema fue el más justo que pudimos concebir. Quién puede ser completamente ecuánime cuando la vida está dando su último suspiro
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
martes 15 de septiembre de 2009
Ocho brazos
A Juan Carlos la esposa le permitió conservar el departamento de soltero porque la convenció de que allí podría desplegar sus dotes de pintor. A pesar de que la amaba, necesitaba siempre la cuota de adrenalina que le proporcionaba las constantes aventuras. Perseguía el fantasma de una relación distinta, que le de un placer especial, que lo satisfaga plenamente.
Cuando entraron al departamento los asaltó un embriagador olor a aceites y trementina.
Los muebles reflejaban la extraña convivencia entre el arte y la trampa: cinco o seis luces tenues, un bar con forma de globo terráqueo, un mullido sofá, la alfombra peluda y un caballete.
Sobre el caballete un lienzo ajado y amarillento con un boceto. Según Juan Carlos reflejaría el inicio de la creación del universo. Para sus compañeros de juerga la posibilidad de un sin número de barbaridades elucubradas bajo los efectos del alcohol.
Alberto se acercó a la ventana, miró las aguas oscuras del Río de la Plata y preguntó:
- ¿A qué hora dijo que venía la mina? -
Desde que se había separado decía que quería ganar el tiempo perdido y hacerlas todas. Aunque los que lo conocían bien sabían que la herida no era fácil de curar. Cuando todo terminaba, siempre volvía a pensar en ella. No en ella, en la certidumbre clara de saber como es todo, como será mañana, como es compartir un silencio sin angustias. Porque de la separación sólo le quedó la tenencia inexorable del silencio. No podía olvidar lo acogedor del hogar perdido.
- No te preocupes ya debe estar por llegar -, dijo Juan Carlos.
El trío lo completaba Fredy, un solterón que vivía con su madre a la que debía cuidar. Desde que se conocían la madre estaba por morir aunque no siempre de la misma enfermedad. Sus miedos y las decepciones lo prepararon para recibirse de “experto en amores imposibles”. Con una mirada positiva se podría decir que era un idealista de esos capaces de guardar las heces de su amada en una cajita de música.
- ¿Será una diosa como dicen? ¿Una devoradora de hombres?, preguntó Fredy.
- Pero que diosa ni diosa, con dos vasos de whisky son todas más putas que las gallinas -, sentenció Alberto.
Sonó el timbre. Juan Carlos la hizo pasar.
Primero ingresaron unos ojos negros y misteriosos que los inmovilizó. Los miró uno a uno muy lentamente. Se sintieron vulnerados.
Era una dama con túnica de gasa traslúcida mecida por un viento inexistente. Su rostro mostraba una potente belleza que no era de este mundo, como escapada de alguna ensoñación.
Se paró en medio de la sala, erguida a punto de realizar una representación única. Sus movimientos emitían una melodía sutil. No había una zona de su cuerpo donde pudiera localizarse el sonido, emergía de un horizonte lejano, de un escenario imaginario en medio de un bosque añoso.
Los tres sintieron la necesidad de abarcar completamente esa música con todo su ser.
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó Alberto.
- Kali - respondió ella.
- ¡Qué nombre raro¡ pero vayamos a lo nuestro ¿qué sabés hacer? -
Ella lo tomó a Alberto en sus brazos y lo envolvió dulcemente. El se sintió seguro como un guerrero que regresa al hogar para descansar las armas; ese hogar perdido y añorado. Se abandonó a un placer desconocido, más allá de lo genital. Todo su cuerpo se transformó en energía y satisfacción. Algo le dijo que debía estar atento, no perderse nada de ese momento. Nunca había sentido algo así; se vio inocente protegido por un fuego que siempre crepita, ese fuego estaba dentro suyo. Al fin cayó extenuado casi sin aliento.
Fredy se acercó a kali en actitud reverencial. Se postró a sus pies y los besó con vehemencia. Había encontrado su diosa, pero ella no se brindaba tan fácilmente. Lo obligó a atravesar primero el oscuro laberinto de sus pensamientos. Si se movía, o sólo parpadeaba toda la magia de ese instante, de ese secreto a punto de develarse desaparecería. Tuvo la certeza de que alguna espada experta le arrancaría la cabeza si se distraía.
La amante asumió el rostro de su madre convaleciente llorando de dolor. . La gran vulva lo absorbió y lo cobijo. Hipnotizado por una dulce melodía infantil, se empujo al abandono. Mecido en el regazo de la madre, sufrió y gozo intensamente. Comprendió como había vendido su voluntad por esta comodidad anestesiada.
Fue expulsado del vientre ya sin ataduras ni fuerzas para seguir.
Ella, desnuda, movió sus ocho brazos e integró todo en su ser. Su piel se transformó en una urdimbre negra y manchones de pelo brotaron de sus poros. Se arrastró sobre sus patas y comenzó a tejer una red alrededor de Juan Carlos.
Moviendo sus brazos copuló con él hasta la última gota. Fueron uno: hombre-mujer, macho-hembra. Se sintió integrado y perdido en el mejor acto sexual de su vida, ese con el que siempre soñó.
Ella fue todas las mujeres en una: la madre, la esposa, la amante.
La hembra agazapada decidió disolver ese mundo para que no queden vestigios de lo que fue.
Disolvió los cristales, las teclas, el rouge. Los restos de piel y de esperma. Rugió ahogada de aullidos y de sangre.
Solo quedó en pie una pequeña estatuilla de kali danzando.
Cuando entraron al departamento los asaltó un embriagador olor a aceites y trementina.
Los muebles reflejaban la extraña convivencia entre el arte y la trampa: cinco o seis luces tenues, un bar con forma de globo terráqueo, un mullido sofá, la alfombra peluda y un caballete.
Sobre el caballete un lienzo ajado y amarillento con un boceto. Según Juan Carlos reflejaría el inicio de la creación del universo. Para sus compañeros de juerga la posibilidad de un sin número de barbaridades elucubradas bajo los efectos del alcohol.
Alberto se acercó a la ventana, miró las aguas oscuras del Río de la Plata y preguntó:
- ¿A qué hora dijo que venía la mina? -
Desde que se había separado decía que quería ganar el tiempo perdido y hacerlas todas. Aunque los que lo conocían bien sabían que la herida no era fácil de curar. Cuando todo terminaba, siempre volvía a pensar en ella. No en ella, en la certidumbre clara de saber como es todo, como será mañana, como es compartir un silencio sin angustias. Porque de la separación sólo le quedó la tenencia inexorable del silencio. No podía olvidar lo acogedor del hogar perdido.
- No te preocupes ya debe estar por llegar -, dijo Juan Carlos.
El trío lo completaba Fredy, un solterón que vivía con su madre a la que debía cuidar. Desde que se conocían la madre estaba por morir aunque no siempre de la misma enfermedad. Sus miedos y las decepciones lo prepararon para recibirse de “experto en amores imposibles”. Con una mirada positiva se podría decir que era un idealista de esos capaces de guardar las heces de su amada en una cajita de música.
- ¿Será una diosa como dicen? ¿Una devoradora de hombres?, preguntó Fredy.
- Pero que diosa ni diosa, con dos vasos de whisky son todas más putas que las gallinas -, sentenció Alberto.
Sonó el timbre. Juan Carlos la hizo pasar.
Primero ingresaron unos ojos negros y misteriosos que los inmovilizó. Los miró uno a uno muy lentamente. Se sintieron vulnerados.
Era una dama con túnica de gasa traslúcida mecida por un viento inexistente. Su rostro mostraba una potente belleza que no era de este mundo, como escapada de alguna ensoñación.
Se paró en medio de la sala, erguida a punto de realizar una representación única. Sus movimientos emitían una melodía sutil. No había una zona de su cuerpo donde pudiera localizarse el sonido, emergía de un horizonte lejano, de un escenario imaginario en medio de un bosque añoso.
Los tres sintieron la necesidad de abarcar completamente esa música con todo su ser.
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó Alberto.
- Kali - respondió ella.
- ¡Qué nombre raro¡ pero vayamos a lo nuestro ¿qué sabés hacer? -
Ella lo tomó a Alberto en sus brazos y lo envolvió dulcemente. El se sintió seguro como un guerrero que regresa al hogar para descansar las armas; ese hogar perdido y añorado. Se abandonó a un placer desconocido, más allá de lo genital. Todo su cuerpo se transformó en energía y satisfacción. Algo le dijo que debía estar atento, no perderse nada de ese momento. Nunca había sentido algo así; se vio inocente protegido por un fuego que siempre crepita, ese fuego estaba dentro suyo. Al fin cayó extenuado casi sin aliento.
Fredy se acercó a kali en actitud reverencial. Se postró a sus pies y los besó con vehemencia. Había encontrado su diosa, pero ella no se brindaba tan fácilmente. Lo obligó a atravesar primero el oscuro laberinto de sus pensamientos. Si se movía, o sólo parpadeaba toda la magia de ese instante, de ese secreto a punto de develarse desaparecería. Tuvo la certeza de que alguna espada experta le arrancaría la cabeza si se distraía.
La amante asumió el rostro de su madre convaleciente llorando de dolor. . La gran vulva lo absorbió y lo cobijo. Hipnotizado por una dulce melodía infantil, se empujo al abandono. Mecido en el regazo de la madre, sufrió y gozo intensamente. Comprendió como había vendido su voluntad por esta comodidad anestesiada.
Fue expulsado del vientre ya sin ataduras ni fuerzas para seguir.
Ella, desnuda, movió sus ocho brazos e integró todo en su ser. Su piel se transformó en una urdimbre negra y manchones de pelo brotaron de sus poros. Se arrastró sobre sus patas y comenzó a tejer una red alrededor de Juan Carlos.
Moviendo sus brazos copuló con él hasta la última gota. Fueron uno: hombre-mujer, macho-hembra. Se sintió integrado y perdido en el mejor acto sexual de su vida, ese con el que siempre soñó.
Ella fue todas las mujeres en una: la madre, la esposa, la amante.
La hembra agazapada decidió disolver ese mundo para que no queden vestigios de lo que fue.
Disolvió los cristales, las teclas, el rouge. Los restos de piel y de esperma. Rugió ahogada de aullidos y de sangre.
Solo quedó en pie una pequeña estatuilla de kali danzando.
domingo 23 de agosto de 2009
El caldero
Las casaderas vertieron dos gotas de sangre en el caldero.
necesitaban buenos proveedores
y eso pidieron.
Luego las viudas tallaron sus yemas
querían compañeros para sus soledades
De la sangre mezclada salieron burbujas con sabor a deseo.
Las niñas querían un asno para montar
y jugar sus juegos nuevos
“a ser mujer” las empujaba la sangre que arrojaron en el caldero.
Ella bebió
Tragó hasta las virutas de hierro
Menstruó como reguero
brotaron lirios y crisantemos
se volvió fecundo el huerto
fecundo de misteriosas insatisfacciones
de esas en que cada cual obtiene lo suyo
pero no está completo
A coro reclamaron:
Devuélveme la sangre
que no se lo que quiero.
necesitaban buenos proveedores
y eso pidieron.
Luego las viudas tallaron sus yemas
querían compañeros para sus soledades
De la sangre mezclada salieron burbujas con sabor a deseo.
Las niñas querían un asno para montar
y jugar sus juegos nuevos
“a ser mujer” las empujaba la sangre que arrojaron en el caldero.
Ella bebió
Tragó hasta las virutas de hierro
Menstruó como reguero
brotaron lirios y crisantemos
se volvió fecundo el huerto
fecundo de misteriosas insatisfacciones
de esas en que cada cual obtiene lo suyo
pero no está completo
A coro reclamaron:
Devuélveme la sangre
que no se lo que quiero.
ventolera
Del mar bravío asoman muletas
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
consumaciòn
Quiero morirme
cuando encuentre su recuerdo
porque no la recuerdo
vacía
como garra en el vientre
tenaz
sola
asustada en el bosque
y la nieve cae de las ramas
muda
agitando un pañuelo blanco
detrás de los ventanales
con cara de niña
que envejece
en un tren apresurado
que voy a detener
al final
cuando encuentre su recuerdo
porque no la recuerdo
vacía
como garra en el vientre
tenaz
sola
asustada en el bosque
y la nieve cae de las ramas
muda
agitando un pañuelo blanco
detrás de los ventanales
con cara de niña
que envejece
en un tren apresurado
que voy a detener
al final
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